Recuerdos de Esperanza

 

Para cuando cayó en la cuenta de que estaba soñando con el perro callejero del barrio, su mujer llevaba más de una semana yéndose a media noche a dormir con los niños, al primer salto que él pegaba en la cama. Al principio ella pensó que aquellas pesadillas eran el resultado de la presión de su trabajo, y aun cuando había tratado de decirle que se pasaba la noche dando brincos en la cama, fajandose a gritos con sabrá Dios quien, él pensaba que ella estaba exagerando porque siempre había sido de muy buen dormir y además no lograba recordar nada de lo que había soñado la noche anterior. Esa mañana sin embargo, al abrir los ojos a la claridad, metió un brinco en la cama al recordar que el perro callejero de la cuadra, el poodle blanco de pelos largos y rizados, grises de la mugre y enrollados en nudos y pegatinas de pelos con engruños de basura, estaba subido sobre la cama, parado entre sus piernas, moviendo la cola y ladrándole como si fuera la hora de que lo sacara a orinar. En el sueño él reaccionaba de la misma manera que si hubiera estado despierto, gritando desconcertado, tirándole patadas al perro para que se saliera de su cama, hasta que el perro salía corriendo por la puerta del cuarto y él encendía la luz para contemplaba devastado el fanguero que aquel animal había hecho con sus patas sobre sus sábanas blancas y en la sobrecama enrollada a los pies del colchón.

Había visto a aquel perro caminando por el barrio desde que era un niño. Lo recordaba mientras iba para la escuela primaria en las mañanas con su abuela y el perro les pasaba por el lado sin prestarles la menor atención, moviendo amistoso su cola pelada por la sarna, de regreso al barrio luego de pasar la noche en quien sabe que parrandas. Lo había visto muchas veces ya de adolescente, mientras hacía la cola en la cremería para comprar el litro de leche y el perro estaba tirado sobre la acera de enfrente con su pelambre blanca encronchada, rascándose las pulgas con una pata y mascando algo irreconocible, compartiendo la acera con la gente que le pasaba por arriba a zancadas para no pisarlo. Y ahora de adulto lo había visto muchas veces, bajo el banco de la parada de la guagua o caminando por el parque con su onda rastafari, sin reparar en que aquel perro lo había acompañado por los cuarenta y tantos años de su vida y que para entonces tendría no menos de 300 años de edad . Pero igual era un perro callejero más, que él olvidaba el instante siguiente después de perderlo de vista, porque era común ver por la cuidad perros y gatos vagabundos, que al parecer vivían a sus anchas en medio del gentío sin que les perturbaran para nada las personas que vivían a su alrededor, mientras las personas por su parte encontraban lamentable pero sin remedio todos los animales con los que se veían obligados a convivir en la ciudad, incluyendo ratas y cucarachas.

Conocedor de las reglas del tránsito, lo habían visto más de una vez pararse en una esquina para dejar pasar los autos antes de cruzar la calle o mirando de reojos que no viniera ningún carro antes de lanzarse a la avenida, siempre ocupado en sobrevivir la ciudad como mejor se podía,  sin molestar a nadie y sin que nadie encontrara motivos para molestarlo a él. Comía lo que encontraba y tomaba agua en donde la hubiera sin importarle su transparencia. Sobrevivía como podía sin extrañar el placer de tener una casa o un dueño, y sin que nadie se atreviera a ponerle un collar al cuello, aunque esto fuera por otras razones,  contrarias a las que su orgullo de perro vagabundo le dejaba imaginar.

Tratando de encontrarle algún sentido a aquellas pesadillas, lo empezó a buscar por el barrio sin ninguna suerte de encontrarlo. No era que lo veía cada día ni tampoco en el mismo lugar, a veces lo encontraba justo debajo de su edificio, meando a gusto el poste del teléfono de la esquina, y otras veces lo encontraba restregándose la picazón contra la pared de la bodega, a dos cuadras de la casa. Ni tampoco recordaba el tiempo que pasaba desde que lo perdía de vista hasta que se volvían a encontrar, lo que en algunos casos le parecían ahora meses e incluso años. No llevaba por supuesto, la cuenta de las veces que veía a aquel animal que pasaba por su vida sin apenas dejarle un recuerdo del que se pudieran agarrar, sin embargo lo había visto muchas veces antes y ahora que lo andaba buscando no lo encontraba en ningún lugar. En frente de la lechería, por ejemplo, en donde lo había visto tantas veces tirado en la esquina, pasó por allí tres veces en el mismo día y no lo encontró. Los puntos de leche, tan de moda por los años 80 y pico, ahora ya no existían y en el local en que alguna vez estuvo el de su barrio, estaba ahora un puesto de viandas en donde lo único que no habían eran ni viandas ni vegetales. El joven detrás del mostrador era un jabao de piel canela y ojos claros, que se pasaba el día en la acera, reclinado en su silla contra la pared para que la humedad de adentro no le fastidiara los pulmones, y en vez de papas lo mismo te cambiaba la pila del reloj, que te vendía una ducha con calentador, piezas de bicicleta o cualquier otro material de construcción, pero lo único que nunca pudo vender fueron vegetales porque nunca le llevaron ninguno. De hecho, cuando él se acercó para preguntarle si alguna vez había visto por allí al perro sarnoso que andaba buscando, al jabao se le encendieron los faroles porque según le dijo, él era realmente un carnicero que había quedado desplazado con lo del periodo especial y que sin dudas estaba muy familiarizado con la desaparición y destajo de perros y gatos, con o sin dueños.  – Te digo chico que ni la carne de res la supera para hacer albóndigas con soya, le dijo explorando la potencialidad de un negocio. – El truco es que tiene más consistencia y requiere menos de adobo -, le explicó el jabao, pensando que él estaba interesado en la carne y no en el perro con sus sarnas. Pero no era la carne lo que él andaba buscando, así que se le dio las gracias  por el consejo y salió rumbo al parque a ver si por allí tenía más suerte y todavía nadie había convertido al perro en albóndigas.

No lo encontró en ningún lugar, excepto en sus sueños de esa noche y de la noche siguiente. De vuelta del trabajo lo vio desde la ventanilla de la guagua, caminando por el muro del malecón buscando desechos de pescados y aunque se lanzó en la próxima parada para salir en su acecho, para cuando regreso tras sus pasos ya lo había perdido otra vez. Pensando en que hacer para mandar a aquel perro a la porra, decidió subir caminando por Prado, cuando se le ocurrió que esa noche en vez de quedarse lamentando el reguero sobre sus sábanas, que para entonces era ya una mugre hasta el colchón, iba a salir detrás del perro para ver a donde lo llevaba. Quizás esto le daría alguna pista de que significaban aquellas pesadillas, y si nadie todavía lo había hecho filetes, pues el mismo lo iba a descuartizar con sus propias manos aunque solo fuera en sueños. Y en esas andaba cuando se le acercó una señora a la altura de Colón a venderle un apartamento – te queda pintao papito, es en boyeros, un segundo piso pero bajito y con escaleras anchas que hasta puedes subir sin problemas la cama armada y el refrigerador – , le iba diciendo mientras él esperaba para cruzar a la otra sección de la avenida. – Son solo 30 mil dólares muchacho, 150 más y te incluyo la mudanza, una ganga!. Mira, se lo pides al mismo que te mando esos zapaticos tan lindos que igual allá afuera 30 mil fulas no son nada mijo, te los mandan al día siguiente y mira, si necesitas una transferencia bancaria del Yuma te recomiendo a Gustavito, que ese muchacho tiene más conexiones que una cadeca y con mejores intereses. Piénsalo papito que es una oferta única y allí hasta puedes tener animales. Los del apartamento de al lado tienen un puerco en el patio, dos gatos y un perro en el balcón. ¿Quieres la dirección?, hay muchacho pero no seas tan serio, con esa cara de sonámbulo.  -, Y por fin pusieron la roja y cruzó la calle a la otra sección de la avenida.

 

Esa noche, no hizo más que cerrar los ojos, se le apareció el perro en la cama con los mismos ladridos y con la misma urgencia, pero esta vez él lo tenía todo bien soñado. Después de las primeras dos patadas que le tiró por debajo de la sábana, se levantó de un brinco y salió corriendo detrás del perro que pasó por entre los barrotes del balcón, caminó por el alero y salió al pasillo hasta las escaleras. Temiendo perderlo de vista, bajaba las escaleras saltándolas de dos en dos, enredado en las patas de su piyamas pero enardecido por las ganas de agarrar al cabrón animal por el cuello y llevárselo en una jaba a Salud Pública; – Esta noche no te salvas -, le gritaba corriendo por el pasillo de la entrada, – mañana por la mañana te van a echar a los leones del zoológico – saliendo por la puerta del edificio y casi lo agarra al doblar la esquina, pero se le escurrió por entre las piernas y corrió calle abajo hasta que lo vio entrando por el portón abierto de la casa de Esperanza, una vieja loca y solitaria que habían encontrado muerta semanas atrás, sentada en el sillón de la sala, con el abanico todavía entre sus dedos y en la misma postura en que tomaba sus largas siestas, detrás de la reja de su ventana. Recordaba bien la historia porque él mismo había visto a la policía en la calle el día en que el chino, el bodeguero que le traía a ella los mandados cada semana por una propina de 5 pesos extras, no alcanzó a despertarla para que le abriera la puerta. Él pasaba justo por la acera del frente cuando sacaban en una camilla el cadáver minúsculo de lo que había sido aquella señora Esperanza, cubierto con una sábana blanca como si fuera una momia antigua, con sus rodillas todavía encorvadas por la posición del sillón, lista para ser estudiada como una rareza de la historia moderna.

 

Decían que se había quedado sola cuando toda la familia se le fue para el norte en cuanto tuvieron la primera oportunidad, pero ella se quedó detrás porque estaba enamorada de Jacinto, un mulato que él conoció ya de viejo, pero que incluso para entonces todavía llevaba sobre sus muchos años el sombrero de paja amarilla y la levita mustia de lo que alguna vez había sido un macho viril de sonrisa fácil y pies de casino, que lo mismo levantaba a las morenitas que empezaban a despuntar en el mismísimo solar donde él vivía, que a la señorita más pálida del barrio, siempre que está quisiera probar la diferencia entre un mandado rosadito y corto, escondido en su bultico detrás de un calzoncillo atlético y la mandaría carmelita que sus abuelos le habían traído de África hacía muchas generaciones atrás y que ahora le colgaba a él entre las piernas como si fuera un trofeo genético. Contaban las malas lenguas que enamorada de Jacinto y de su mandarria, la pálida Esperanza había decidido quedarse a cuidar de aquella casa inmensa con una multitud de excusas revolucionarias que convencieron a su padre de que estaba totalmente perdida, y que también pusieron nervioso a Jacinto cuando ella le contó que se quedaba porque lo amaba sin desperdicio. Y la pasión les duró, pero fue solo por un tiempo, hasta que Jacinto la olvidó unos años atrás sin ninguna excusa que le pudiera contar mirándola a los ojos. Años después, sola, jubilada y apenas sin dinero, negada a hacerle el juego geriátrico a la revolución que contaminaba como un virus a todo el mundo a su alrededor, se había ganada la reputación de la loca Esperanza y había quedado olvidada – porque además de loca es también por problemática -,  regaba por el barrio Iluminada, la vieja comunista del comité de la cuadra.

 

Parado en el portal de la casa de Esperanza en medio de la noche, empujó suavemente el portón macizo y entró en la casa oscura, sabiendo que allí ya no vivía nadie. La puerta tenía un cartel del municipio de salud, advirtiendo que la casa no era segura para ser habitada, así que entró con cuidado, haciendo tiempo a que se le adaptaran los ojos a la oscuridad para poder localizar al perro de mierda, que había desaparecido en la penumbra de adentro. Nunca había estado en el interior pero tenía una idea de cómo era la sala, de verla a través de la ventana desde la calle. El resto de la casa la imaginaba del mismo tipo colonial que muchas otras en donde vivían algunos de sus conocidos del barrio. De techos altos, con columnas redondas adornadas con pétalos alrededor del techo y con lozas de mármol alrededor del piso. Al cabo de unos segundos se fue iluminando delante de él una sala amplia y una oficina con escritorio a la izquierda, que habría sido en el pasado del padre de Esperanza, seguido según calculó, por tres cuartos contiguos sin privacidad, a lo largo de un patio por el que se podía llegar hasta el comedor y la cocina del fondo. Nunca había entendido la lógica de aquellas casas en las que para ir al baño en medio de la noche habría que pasar primero por todos los otros cuartos, o salir a la intemperie del patio aunque estuviera lloviendo, pero tampoco estaba allí para hacer lógica de lo que alguna vez fue la moda arquitectónica de la ciudad, sino para encontrar a aquel perro sarnoso de sus sueños.

 

Días después le contaría a su mujer que en aquel sueño no lograba establecer muy bien las dimensiones ni la profundidad de lo que veía. Todo lo que recordaba para entonces tenía la calidad de una película de la memoria, filmada con una cámara de 16 milímetros, le explicó. Todo en su memoria era plano, saturado en blanco como un negativo expuesto a la luz y con colores opacos, como si todo lo que vio aquella noche lo recordara ahora sobre la pantalla plana de un proyector. Escuchó voces, muchas voces de gente conversando que parecían venir del primer cuarto, de donde salía luz por entre las rendijas de la puerta entreabierta hasta a la oscuridad de la sala. Sin tiempo a hacer sentido alguien abrió la puerta de una vez y salió un señor elegante, caminando a prisa hasta el escritorio, para encender una tímida lampara de luz amarilla sobre el escritorio, que iluminó un montón de papeles esparcidos por todas partes. – Si aquello no hubiera sido un sueño hubiera salido corriendo -, le dijo a su mujer cuando le contaba sus recuerdos, – pero en el sueño me quedé perplejo, mirando lo que pasaba adentro con la inmunidad de un espectador intocable -.  El señor que salió del cuarto no lo notó, ni tampoco el que vino detrás de él, ni los otros dos que vinieron después. Hablaban entre ellos enojados, inconformes, sorprendidos por algo que él no logró entender. Revisaban papeles, sacaban cuentas y ojeaban periódicos, mientras desaparecían de tanto en tanto detrás del humo de sus tabacos. No fue hasta que uno de ellos se sentó al escritorio y la luz le iluminó el rostro que pudo notar con sorpresa que era Dorticós, y luego descubrió a Urrutia y luego a Batista. Los reconoció de fotos y aunque los tres estaban muertos, en el sueño aquellos señores vestidos de corbata oscura y trajes blancos impecables, consumidos al parecer en la tarea de hacer sentido de la economía de los últimos cincuenta y tantos años, estaban bien vivos e inconformes. Los otros dos estaban sentados cómodamente en el sofá del fondo y aunque no les pudo ver el rostro, recordaba que Batista le preguntó a uno de ellos – Coño Piedra, ¿ y que más les diste?- mientras Urrutia caminó hasta la puerta del escritorio al notar su presencia y la tiró sin discreción en sus narices.

 

Otra cosa que tienen los sueños es que nada que esté en su guion te asombra. Por ilógico que pudiera parecer cuando estás despierto, los sueños lo mezclan todo, impresiones, memorias, experiencias e incluso otros sueños, en una historia finita y posible que muchos no alcanzamos a recordar cuando al final abrimos por fin los ojos; pero aquel sueño él no lo quería olvidar porque detrás del perro, estaba por descubrir una historia que ni él mismo sabía que tenía en su memoria. Le contaba al psicólogo al que lo llevó su mujer cuando el perro se negaba a bajarse de la cama meses después, que a través de la puerta abierta del primer cuarto podía ver gente bien vestida, gente elegante, pasando de un lado al otro, conversando animosamente entre sí. No reconoció a muchos de ellos cuando se asomó a la puerta pero le pareció que eran músicos o artistas porque sentada en una mesa a la izquierda estaba La Burque, tal y como él mismo la recordaba la última vez que la vio en la televisión con su afro cortico y su vestido amplio. Cantaba suavemente a capela con Moraima, Clara, Mario, y Armando Calderón, que los escuchaba deleitado. Había otra mujer cantando con ellos que él no conocía, una negra teñida de rubio que al verlo parado en la puerta le guiñó un ojo y le grito Azuca!. Estaba en una esquina, casi justo al lado de él Hart, enseñándole la guayabera impecable a Pacho, Depestre, Bacayao y a Jorrín, con su violín en una mano, mirando que Roberto Faz no lo fuera a pisar, bailando el mambo con Perez Prado. Sentados juntos en el mismo cojín, delante de un piano cuadrado y silente estaban Lecuona y el Bola, muertos de la risa por la gracia del piano sin cuerdas, que Lam se empeñaba en decorar con figuras de extraterrestres por encima del barniz. Juan Formell los acompañaba con su bajo colgado al cuello, tarareándoles un buey cansao. – Era una fiesta – , le había dicho al psicólogo, una fiesta que probablemente iba ya por muchos años, a juzgar por la porquería que había en el piso y en todas partes, los vasos de cristal vacíos o rotos, algunos con pintura de labios en los bordes, el montón de botellas, algunas a medio tomar y los ceniceros repletos de cabos y cenizas que parecían los residuos de una guerra que nadie se molestaba en limpiar.

 

En el patio una mujer cocinaba carne de puerco con leña, era Margot, pero eso solo lo supo después cuando descubrió a Nitza en la cocina, preparando los condimentos de la cena mientras les explicaba a un grupo de entusiastas la receta de lo que iba a confeccionar en un minuto. También en el patio estaba Amelia, subida sobre unas escaleras, pintando sobre la pared inmensa la luz que los vitrales de las puertas reflejaba sobre ella, mientras le pedía amablemente a Margot que por favor tratara de echar el humo para el otro lado con el cartón de la tapa del cake del día de las madres, con que ella avivaba la leña. Le pareció por un instante ver al perro delante de la puerta del comedor al final del patio, adorando con sus ojos su nariz las carnes al fuego, sin embargo estaba tan consumido con los inesperados invitados de su sueño que casi lo había olvidado y solo se entretenía en caminar aquella casa en donde se habían reunido tantos espíritus conocidos y por conocer.

 

Rendido por el olor de la carne en las brasas, le pareció a lo lejos ver pasar por el patio a Camilo. A ese si lo conocía muy bien porque lo había visto desde niño en cada foto que le hubieran tirado en vida, más todas las otras que le habían inventado después. Iba sin camisa pero vestía la misma sonrisa y la misma barba típica de su personalidad. Lo siguió por el patio hasta la puerta del cuarto por donde lo vio entrar, empujó la puerta con permiso y lo encontró sentado en el piso, puliendo con mucho esmero una de sus botas de guerrillero, recostado contra la pared. Sin poder creerlo, estaban allí también Ernesto, que aguantaba su tabaco humeante con su mano derecha, concentrado en una partida de ajedrez con Huber Matos. En la esquina opuesta había una piedra enorme y maciza, con un hueco cuadrado esculpido en el frente, de donde colgaba de un tornillo una lápida de bronce. Desde adentro de la piedra salía la voz de Fidel practicando en inglés una y otra vez el discurso sencillo que le tenía preparado a la Clinton para recibirla en su casa después que ganara las elecciones presidenciales. Sentados a la mesa, de espaldas a él estaban también Almeida y Piñeiro, este último contando los nombres que tenían en un papel para ver si las sillas plegables que tenían contra la pared alcanzaban para los demás invitados por llegar. Haydee y Celia estaban también allí, le ponían mariposas frescas a un altar con la bandera del 26 de Julio que tenían improvisado en una esquina, adornado con velas rojas enormes que le daban un aspecto al altar de babalao. Una por cada uno de los aniversarios pasados. No alcanzó a decirles nada, los observaba como si en este caso el fantasma fuera él, tan cerca pero tan desconectado de ellos que el silencio venció a su curiosidad. Salió por la puerta cerrada que daba al último cuarto y casi empuja a Frank, que estaba parado al otro lado, conversando con Echeverría. Se disculpó, y no hiso más que salir, los dos cerraron rápidamente la puerta tras él sin perder un instante, como si desearan que la puerta no existiera. – Me viré para decirles que todas las demás puertas del cuarto estaban abiertas de par en par -, le contaba a su mujer recordando aquella escena, cuando Pepito que estaba detrás de él lo tocó en el hombro y le dijo que ellos ya lo sabían, pero igual no querían que esa puerta estuviera abierta. – Llevan años parados ahí, como si los hubieran castigado de penitencia -, le dijo Pepito. Él aprovechó para mirarles las caras de cerca a ambos. Casi lo despierta el susto cuando notó que respiraban como si estuvieran vivos, pero comprendió a tiempo que era solo un ardid de los sueños para confundir al durmiente. A todos ellos los había conocido también por fotos y algún que otro documental de tan mala calidad como los recuerdos de aquel sueño mismo. Tejiendo en su mente los aconteceres históricos del pasado, les advirtió que había visto a Batista hacía solo unos instantes en el escritorio de la sala y ambos se miraron entre sí y le sonrieron amablemente. Luego de una pausa y al ver que él no se movía, José le preguntó si quería que le firmara algún autógrafo, pero sin papel ni pluma, sabía que iba a lamentar aquella oportunidad única por el resto de su sueño.

 

Aquel último cuarto era el más colmado. Allí se encontró a muchos otros difuntos desconocidos que habían sido de alguna manera parte de aquella última revolución, que asfixiada por el humo de su propio tabaco estaba por terminar. En su empreño de encontrarle algún sentido a aquel sueño, trató de relacionar a toda aquella gente con la señora solitaria que había vivido allí, hasta que cayó en la cuenta de que aquellas podían muy bien ser las memorias de la vieja Esperanza. Todo lo que había visto o escuchado, todo lo que ella imaginó o se hizo idea, él lo estaba ahora soñando, caminando por entre los espíritus que la sobrevivieron en la casa donde vivió sola la mayor parte de su vida. Entonces una última pregunta le vino a la mente como un rayo, ¿Qué carajo tengo yo que ver con esa señora y con el perro sarnoso del barrio ? se preguntó, pensando además que si descifraba ese último enigma, el perro dejaría de despertarlo cada noche con sus ladridos a las dos de la mañana. Pero ni Santiago, el chino de la bodega con quien habló un tiempo después sobre Esperanza lo pudo ayudar. Aquel chino se las sabía todas porque todo el mundo venía a contarle a su mostrador lo que estaba pasando de esquina a esquina. Aquella vez le había dicho que ella no parecía haber estado muy al tanto de lo que pasaba en el país ni tampoco interesada, – Ni desamarraba el bulto de periódicos que yo le recogía de la puerta cada semana – , le dijo. – Si se hizo pasar por comunista fue solo por amor, para quedarse con el negro de sus sueños, pero estaba tan desencantada de todo que no salía ni al portal de su casa. Y era verdad pero solo a medias, tenía un televisor a bombillos en la sala que solo hacía bulla sin imagen porque la antena del techo se había caído desde hacía mucho tiempo atrás y ella lo apagó una noche por última vez cuando por entre la estática de la pantalla se le aparecían figuras que le hablaban con mensajes indescifrables. Eran los locutores del noticiero de las ocho pero ella pensó que aquel aparato estaba embrujado, como el resto de la casa misma y lo apagó para siempre. Tenía además un radio Phillips en el cuarto con el que se dormía escuchando las noticias de radio reloj, para que le hiciera compañía con su tic, tic, tic interminable. De ahí sacó la mayoría de lo poco que sabía de su propio país; de escuchar el radio y de los chismes que la gente contaba al otro lado de su ventana siempre abierta. Los periódicos y las revistas que le traían a la puerta ella nunca se ocupó ni de abrirlos, como dijo el chino, los tiraba en un armario del comedor y los olvidaba al instante, sin ni tan siquiera pasar sus ojos por la portada.

 

El mismo Jacinto le contó tiempo después a él, intrigado además por su curiosidad en el tema, que aquella pálida esperanza había sido una mujer tierna y sencilla pero por lo mismo incapaz de entender cualquier cosa que fuera demasiado complicada. Para cuando Jacinto la conoció, ella trabajaba en las oficinas del Banco Nacional al tiempo en que se le fue la familia del país y por ese incidente la botaron del trabajo poco después, porque aquellas aburridas oficinas eran solo para los que estaban libres de cualquier conflicto ideológico – que no fuera el dinero, claro está –  le aclaró Jacinto. Así que tras la mucha insistencia de ella, Jacinto terminó por llevársela a la fábrica donde él trabajaba, a aprender a amasar hojas de tabaco con las manos. Años después cuando ya Jacinto no le prestaba la misma atención de antes, ella misma se retiró del oficio porque nunca le quedaron los tabacos ni del mismo tamaño ni del mismo espesor, ni con la misma calidad que a los demás. Al viejo Avidez, al que todos llamaban en la fábrica El Maestro, no solo por sus años sino también por su experiencia en el oficio, y que luego él encontró en el sueño haciéndole tabacos a los espíritus de aquella noche, por poco lo ahoga una vez cuando el pobre hombre trató de fumarse uno de las piezas que ella confeccionó bajo su supervisión, pero que lo apretó tanto con el nerviosismo de la atención, que el aire no le pasaba del pie del cigarro a la perilla del cañón y el pobre Avidez lo aspiraba con todas sus fuerzas para no hacerla sentir mal, hasta que su piel de negro jibaro empezó a colorearse de un azul cenizo y tuvieron que prestarle los primeros auxilios, por su empeño en fumarse aquel tabaco tupido. Sin embargo luego que se recuperó, alcanzó a guardarlo en una de las gavetas de su mesa de corte como un espécimen sui géneris, porque nunca antes había visto una pieza tan compacta en sus 65 años de tabacalero. La hicieron practicar con hojas verdes sin curar para ver si con entrenamiento alcanzaba alguna vez a perfeccionar su destreza manual, pero el producto final siempre se parecía a los puros tipo zepelín que se fumaba Elpidio Valdez en sus aventuras, a los que el anillo de la marca o no le entraba o se le resbalaba para atrás. El mismo Jacinto trató de entrenarla en su casa, robándose las hojas de tabaco de la fábrica en la suela de sus zapatos, que luego ella le envolvía en noches de pasión e insomnio en el cabo de su mandarria, pero eso fue hasta una ocasión en que ella trató de encenderle el tabaco con una fosforera para cogerle el aroma mientras él dormía.

 

Con ella en el taller la fábrica  podía exhibir en el mural del sindicato un equilibrio étnico balanceado, tolerando con todos sus inconvenientes a aquella pizca de leche cristalina entre la masa compacta de chocolate que se podía apreciar mejor desde la mesa de la cuentera, pero al final fue todo un esfuerzo inútil. Un día ella misma comprendió que seguir intentándolo no tenía ningún sentido. – es lo mismo que me pasa con el casino y la guaracha, no es posible seguir un ritmo con tus pies que tu alma no es capaz de escuchar-, le confesó a la mujer del sindicato antes de capitular. Salió de su oficina, agarró la cartera de la mesa, se quitó el trapo de la cabeza, las argollas de las orejas, se limpió la pintura colorada sobre sus breves labios rosados y se perdió de un portazo entre el gentío de la calle Obispo y nadie la volvió a ver nunca más, a no ser en las tardes de su soledad, por detrás de los barrotes de su ventana.

 

Del tercer cuarto salió al comedor, que para su sorpresa estaba completamente desolado. Era la única habitación donde no pasaba nada ni había nadie, excepto Chapó, el limpiabotas de enfrente a la pescadería rusa, que de niño le limpió sus zapatos ortopédicos cada domingo por dos pesetas. El negro chapó al verlo, se inclinó a limpiar la silla con la mayor naturalidad del mundo pero él no se sentó. Lo agarró por el brazo y le dio el abrazo que tanto le debía. Chapó no lo miraba ni a los ojos pero él recordaba bien el día en que de paso a la bodega vio por primera vez la puerta de Chapó cerrada. Fue Santiago el que le dijo a su abuela enfrente de él que probablemente estaba cerrada para siempre. La revolución se hizo también con el crédito de humildad de aquellos que como Chapó, tenían el colchón dentro del closet de su negocio capitalista.

 

La mesa enorme estaba cubierta con un mantel verde de seda, adornada con un búcaro hermoso en el centro con incrustaciones de marfil y adornos de oro, pero las margaritas eran plásticas, de espigas de alambre y coloreadas con crayola, completamente cubiertas de polvo y rastros de telarañas. El refrigerador estaba desconectado y con su puerta abierta hasta la pared. Adentro pudo ver que habían cajas de zapatos sin tapas, llenas de cartas sin abrir.  El Chino de la bodega no supo de la existencia de las cartas hasta que él se lo contó, entonces ambos atando cabos sueltos llegaron a la conclusión de que eran probablemente de su familia en el norte. -Ella me dijo una vez que prefería morirse a ir a pedirle disculpas a su padre -, le contó el chino, – saque la cuenta mentalmente en mi cabeza de bodeguero y calculé que el padres debería de haberse muerto hacía al menos unos 10 años atrás, pero no se lo dije por delicadeza, tu sabes -, le dijo el chino. No sabía nada de su familia porque temiendo los insultos que su padre había probablemente escrito en la primera carta, acusándola de comunista y piola, se le fueron acumulando una a una sobre la mesa del comedor hasta que un día, descubrió al mecánico del refrigerador mirándolas a contraluz con una linterna para ver si tenían dólares adentro. Lo despidió como pudo, las organizó en cajas de zapatos vacías que encontró en el closet del cuarto de su madre y las tiró dentro del refrigerador roto y allí estuvieron hasta que él las soñó años después, con la esperanza ya muerta.

 

Alrededor de la mesa, todas las sillas estaban en su lugar, no habían cubiertos ni platos ni vasos ni nada que pudiera delatar que alguien se hubiera sentado allí por mucho tiempo, solo la mesa vacía y empolvada, con sus patas hundidas en el agua que rodaba por el piso hasta el patio, del despilfarro que Ernest tenía armado en el baño para su última novela de ficción. Esperanza conoció por Jacinto a Emilio, un jovencito que un poco después se perdió en el mar como tantos otros, tratando de alcanzar la otra orilla, y cuando Hemingway lo encontró en la casa, metido con su balsa de cámara en la bañadera llena de agua, se le ocurrió al instante que aquello merecía un libro, y allí estaba el balsero reviviendo su viaje de 9 días en el mar, mientras el escritor tipeaba caracteres en su máquina de escribir sobre un papel empapado en agua. Santiago Alvares por su parte esperaba delante de la bañadera la señal para cortar la escena con su claqueta y solo en aquel momento Hemingway empezaba a apretar teclas a una velocidad impresionante para no perder un detalle del drama, describiendo la realidad que se desenvolvía delante de sus ojos como si hubiese confundido su máquina de escribir con una cámara de películas, mientras el agua chorreaba por todas partes, inundándolo todo, desbordándose y corriendo por el pisos del comedor hasta perderse por debajo de la mesa y escurrirse por las puertas cerradas que daban al patio. Al otro lado Margot con su paciencia infinita, se había parado sobre un bloque de construcción para que no se la llevara el agua patio abajo.

 

Notó, recorriendo la casa para no olvidar ningún detalle, que el yeso de todas las paredes estaba abofado, cubiertas con un tizne de polvo sobre lo que alguna vez fue una pintura rosada. Los techos blancos con adornos florales en las esquinas mostraban las heridas de los muchos años que habían estado tendidos entre pared y pared, enseñando sus cabillas oxidadas como trofeos de una guerra interminable y diaria, como las costillas en el pecho de un animal herido. La casa no estaba apuntalada como tantas otras de su edad, pero sin dudas no había tenido ningún mantenimiento por largo tiempo, de hecho a él le pareció que se podría caer en cualquier momento. Tenía el aspecto de haberse quedado en el presente de lo que eran muchos años de abandono y desconcierto, apreció él mientras la miraba con la experiencia de sus ojos de tasador. Sin volver a ver al perro y sin ganas de despertar, siguió caminando la casa por entre el gentío de gente que se movía en todas las direcciones con tragos, con instrumentos de música, con pinceles, con un microscopio; había un señor en uno de los cuartos, recordaba, vestido con un delantal blanco y con un tubo largo en la mano buscando a Ubre blanca, la vaca de los premios Guinness, para inseminarla. Otro se abría la chaqueta para mostrarle a los presentes un montón de pomitos de vacunas contra el SIDA, agarrados al interior del abrigo como si fueran municiones. Otro aseguraba que había dibujado más de la mitad de las caricaturas de aquel bulto de Palantes sobre los que posaba como un faquir encima de sus puntillas. Teófilo caminaba con las manos casi arrastrándolas en el suelo por el peso de todas sus medallas colgadas en el cuello, y otros habían sido diplomáticos, generales, hombres y mujeres de gobierno, doctores de esto y de lo otro, un machetero de cien arrobas que con su medalla al pecho, convertía en leña los muebles de la casa con su mocha afilada, escritores de libros prohibidos o censurados y poetas como Reinaldo y Dulce María, que estaban sentados en un banco del patio, entre sábanas blancas tendidas al resplandor de una luna llena, disfrutando la sombra de una palma tan alta que a él le pareció irreal. Sentado a su lado estaba El Caballero de Paris, amasando su barba con las manos, con su vestidura en ripios y mirando lleno de curiosidad sus pies sin zapatos, pero escuchando atentamente los poemas tristes que ella recitaba suavemente de memoria, mientras Guillen le limpiaba los espejuelos con una esquina de su guayabera azul.

 

El cielo comenzaba a iluminarse con la claridad de las seis y él, sin recordar que todo aquello no era más que un sueño, pensó que mejor regresaba a su casa y se preparaba para salir al trabajo, no sin antes hacer planes para regresar a aquella casona de milagros a la noche siguiente. En la sala se escuchaban las voces de los dignatarios, todavía reunidos en importantes discusiones, detrás de la puerta cerrada del escritorio, sin sospechar que afuera la nación ya se había ido al carajo y solo quedaban el arrepentimiento, la incertidumbre y las puras ganas de sobrevivir a lo que viniera después. Encontró finalmente al perro callejero aunque ya ni lo andaba buscando, estaba debajo del sillón donde habían encontrado el cuerpo sin vida de la Esperanza semanas atrás, mordiendo un hueso que estaba pelado hasta el calcio, sin resto alguno de sustancias. Cayó entonces en la cuenta de que la vieja probablemente lo había estado alimentando y quizás hasta le había dado cobija cuando ella aún estaba en vida. El sillón mostraba para quien quisiera notarlo, la figura de la vieja impregnada en la madera por donde había perdido su color original. Allí estaban sus brazos, sus manos y sus dedos, agarrados aún del mueble como para soportar los baches del largo viaje; la figura de su cabeza suavemente inclinada a la derecha, como siempre la había visto detrás de su ventana, sus dos muslos tendidos sobre la base del sillón, el peso de sus nalgas en la pajilla hundida del centro, y el perro debajo, mirándolo de reojos por el hueco del asiento, entretenido con su hueso de dinosaurio. Se separó unos pasos mientras reflexionaba que no debió de haber sido un sillón muy cómodo para sentar a la esperanza y olvidarla por tantos años.

 

Se volvió para mirar la casa una vez más. Hacía un calor incomodo adentro para cuando se acercó a la puerta para abrirla y salir, pero el llavín estaba atascado. Trató de halarla hacia adentro, todavía sin pánico, pero ni la puerta pequeña ni las dos puertas grandes en el marco de la entrada cedían a sus intenciones, luego que removió los pestillos que las sujetaban. Había notado que el calor venía del suelo, que para entonces vibraba lentamente y un humo con olor a azufre comenzaba a salir por entre las juntas de las losas. Había olvidado sus chancletas al lado de su cama en la urgencia de agarrar al perro, así que tuvo que subirse a una mesa para no quemarse los pies. El calor era insoportable para cuando se pensó atrapado y sin poder respirar. – Tu eres el culpable por haberme traído hasta aquí – , le gritó al perro que se había subido sobre el sillón de la vieja, mirándolo agitado con la lengua colgando, chorreándole el calor. Entonces corrió hasta la ventaba para pedir ayuda, pero afuera la cuidad estaba en penumbras, iluminada solamente por la luna que le daba a todo un aspecto frio de muerte y abandono. Gritó sin ningún resultado y terminó saltando en zancos hasta el patio cuando ya casi estaba a punto de asfixiarse. Pasó por entre las sábanas colgadas y como último recurso terminó por encaramarse como pudo por el tronco de la palma para alcanzar un pedazo de muro que salía de la pared del patio, pero estaba completamente cubierto de cagadas frescas de palomas. Debajo, la casa hervía como si se fuera a derretir. El yeso de las paredes no se caía a pedazos como en las películas de terremotos sino que se iba convirtiendo lentamente en una resina blanca que resbalaba sin apuros hasta el piso y se fundía con las losas de cerámica, emitiendo un olor como a cal hirviendo. Entonces vio al perro que lo miraba asustado desde abajo y sin saber qué hacer con el animal, se bajó de muy mala gana del tronco, envolvió al perro en una de las sábanas y se lo amarró a la espalda como una mochila y se volvió a encaramar a duras penas, sosteniéndose a él y ahora además al perro asqueroso, raspándose los brazos y los pies descalzos con el ascenso. El resto de las sábanas danzaban con el vapor en sus tendederas, perdiendo el color con los tiznes del piso hasta que una a una se fueron incendiando, quemándose suavemente con la dignidad estoica de las banderas, convirtiéndose en hulla que flotaba por todas partes hasta que desaparecía finalmente en su dignidad con el viento del nuevo día. Las sogas que las sostenían aguantaron como si estuvieran hechas con razones pero igual colapsaron como puentes incendiados, bajo el calor de la realidad del yute.

 

Contemplando como todo aquel tesoro que acababa de encontrar iba desapareciendo sin poder hacer nada, salieron apresurados al patio los señores que estaban reunidos en la oficina, fajados unos con otros a trompadas y puñetazos, empeñados en subirse el primero a la palma, pero ninguno lo consiguió porque cada vez que alguno de ellos se subía en el tronco los otros lo halaban, hasta que desaparecieron por entre la lava del piso, enroscados unos con otros, que para entonces se había vuelto un puré espeso, formando remolinos del que las mentiras y los secretos que les salían de los bolsillos trataban de escapar como ratas del barco naufragando. Alcanzó a ver por entre las puertas del primer cuarto a los artistas, aceptando un final que habían predicho, para volar en paz de la memoria que los sujetaba juntos en aquel lugar. Se  despedían con candor, mientras en la pieza de al lado los guerrilleros cantaban el himno nacional con las armas en alto, que se les iban derritiendo en ríos de almíbar que les corría por los brazos alzados, desapareciendo junto con ellos en la historia de sus últimas esperanzas. Solo quedó la piedra en el cuarto, ni las sillas plegables sobrevivieron, pero la piedra estaba allí.

 

Para entonces el fuego cubría todo lo que pudiera arder. Las puertas de madera y sus marcos se incendiaban como pólvora reseca, consumiéndose hasta liberar los vitrales de sus arcos, que por un instante flotaban a la luz de las llamas para luego colapsar en los destellos de sus añicos. Las páginas amarillas de periódicos y revistas volaban desde el armario del comedor, prendidas en fuego como meteoritos en el cielo, para terminar en la nada de lo que nunca debió ser impreso. Solo algunos retazos de artículos honesto caían intactos sobre el agua burbujeante que el balsero seguía derramando por el piso, contándole al escritor la escena de la tormenta. Nunca olvidaría la mesa del comedor porque resistió con su buena madera hasta que se hundió intacta como un navío, dejando flotando sobre el suelo el mantel verde que terminó por ceder al peso del florero sobre la lava hirviente de las losas derretidas. Al final las paredes quedaron en pie, pero era solo el ladrillo vivo sobre la mampostería de concreto que las sujetaba a penas. Los techos por su parte habían escurrido toda la cubierta, quedando solo las losas largas de concreto entre los raíles mustios de acero, por entre los que se colaba la claridad de la mañana. Y para cuando el piso desapareció, tragado por sus propios remolinos hirvientes, la tierra negra y humeante que siempre estuvo debajo de la casa reapareció, quemada pero no de muerte, lista para germinar fértil con el próximo aguacero. Era como si todo lo que adornaba la casa de Esperanza hubiera desaparecido, dejando al descubierto las ruinas humeantes sobre las que habría que empezar de nuevo. Lo único que quedó intocable fue la palma real donde él estaba trepado, que sobrevivió al fuego de la casa ayudada por su esbeltez, porque tenía las raíces bien puestas en el suelo, y por su indiferencia a la historia y al simbolismo biográfico en que la habían tratado de inmiscuir los hombres de allá abajo en cada uno de sus contiendas. Un rato después, con los brazos llenos de arañazos, con el perro protestando en sus espaladas y sin que le cupiera ya más tizne en las narices ni más polvo en los ojos, despertó de un brinco en la cama, con las nalgas doradas por el calor de las llamas.

 

Ese día no pudo ir a trabajar. Para cuando despertó ya eran como las 12 del mediodía. Su mujer, atormentada por sus fiebres y delirios ya se preparaba para llamar a un vecino que la ayudara a llevarlo al hospital, pero luego que él abrió los ojos y se les pasó el susto, le dijo sin muchos detalles que solo había tenido otro de esos sueños sinsentido, como ya le había pasado en noches anteriores. Ella por su parte, estaba tan asustada con su salud que sin saber si era lo más conveniente en esos casos, había tratado de despertarlo varias veces, cuando lo vio brincando en la cama y gritando como si se estuviera quemando; pero cuando por fin ambos se calmaron, ella aprovecho el silencio para preguntarle, y como quien no quiere las cosas, que quien era esa mujer guapa llamada Esperanza, que él tanto nombraba en sus sueños y que lo esperaba sentada en un sillón detrás de la ventana con un perro de mierda a su lado. Él no le contestó pero en su cara se le dibujó una expresión involuntaria de difunto.

 

Camino al trabajo el día siguiente, se desvió de su ruta habitual a la parada de la guagua para pasar como por casualidad por delante de la casa de la vieja loca. La puerta estaba cerrada y la fachada parecía igual a como la había visto desde siempre, pero el perro estaba echado en el portal con sus pulgas y su pelo empegostado, mirándolo con la cabeza levantada y la lengua suelta, con sus ojos tristes perdidos detrás de la pelambre que le cubría la cara. Se sorprendió cuando por la ventana del frente de la casa pudo ver las paredes interiores sin cubierta, con los ladrillos expuestos al resplandor del sol que se colaba por los huecos sin puertas y el humo que salía del piso, esparciendo por el barrio el olor a quemado. Sin creer lo que estaba mirando, alguien que pasaba alcanzó a decirle que había habido tremendo incendio allí la noche anterior. – Los bomberos tuvieron que traer al carro escalera porque no hubo manera de abrir la puerta de entrada – le grito el que pasaba desde la acera de enfrente. – Golpearon la puerta con los martillos y luego la halaron hasta con una cadena pero nada, esa puerta debe de estar hecha de historia- , le dijo,  – una vez que la cierras no hay vuelta al pasado – . Estuvo con la boca abierta en frente de la casa de la loca Esperanza sin comprender si realmente había despertado o si todavía aquello era parte del mismo sueño. Se pellizcó el brazo con tanto empeño que por poco se saca sangre. – Esto es increíble -, se dijo asombrado – estoy completamente despierto -, terminó por decir mientras miraba la casa humeante delante de él y el perro que no lo perdía de vista. Y si lo estaba, si le quedaba alguna duda la disipó tres noches después cuando en sueños se le volvió a aparecer el perro encima de la cama sobre las dos de la mañana, sucio y ahora además chorreando agua de su pelambre cochambrosa porque afuera estaba lloviendo a cantaros. Después del grito inicial y las primeras dos patadas, el perro saltó de la cama mientras él se incorporaba gritándole  – Ahora si que te mato carajo, te llevo al jabao del puesto para que te haga albóndigas de soya -, y salía corriendo detrás de él por el apartamento, mientras su mujer se levantaba al otro lado de la cama para irse a dormir al cuatro de los niños, pensando que su pobre marido se estaba volviendo loco sin esperanzas.

 

Semanas después del incendio, el cartero no supo donde dejar una carta que venía a la dirección de la vieja, así que se la dio a la vecina de al lado, que sin saber qué hacer con ella se la dio a Santiago, el chino en la bodega, que sin saber cómo retornarla la tiró por un armario, entre los sacos de harina y la recordó finalmente cuando él andaba indagando acerca de la vieja loca y su dichoso perro. Se la puso en las manos, él abrió el sobre, se acomodó sus lentes y leyó la carta. Era de su hermana menor, Calamidad del Barrio, que entre otras cosas criticaba a los comunistas por no haber enviado a la Florida el montón de cartas que de seguro ella le había escrito de vuelta,  y lo más importante para él, le preguntaba a su hermana si todavía seguía alimentando al cachorro de Cecilia, la vecina del edificio de la esquina, después que esta lo votó a la calle cuando quedo embarazada de su primer hijo y que solía dormir por las noches en el portal de la casa. Cecilia había sido la madre de él y aquel perro mugriento y sarnoso había sido su perro.